Carabobo, la batalla de Páez

Celebramos el pasado 24 de junio, el 201 aniversario de la Batalla de Carabobo, “hecho de armas”.

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Celebramos el pasado 24 de junio, el 201 aniversario de la Batalla de Carabobo, “hecho de armas”, según la definición que en discurso a la plenaria de la Asamblea Nacional hizo nuestro amigo el general en jefe Jesús Rafael Suárez Chourio, que en propiedad debemos calificar como la Batalla de Páez.

Es cierto que la campaña de Carabobo, cuya planificación se inició a mediados de 1820, lleva el sello del genio de Bolívar, también el de Sucre y que el desarrollo impecable de esta es el resultado de la disciplina y pericia de Páez, Bermúdez, Cedeño, Urdaneta, Arismendi, Silva, Zaraza, Plaza y de los pocos conocidos coroneles Juan Gómez, José de la Cruz Carrillo, Justo Briceño y Remigio Ramos, que entre escaramuzas y combates con distintos cuerpos de las tropas realistas lograron con éxito concentrar lo mejor de los ejércitos republicanos en la sabana de Taguanes el día 23 de junio pero nadie puede discutir que el gran protagonista de la jornada horas después fue el “Centauro de los llanos” sobre cuya frente, en palabras de Eduardo Blanco, tras la rápida y absoluta derrota de los soldados de La Torre y Morales, brilló un laurel del más alto precio.

Bien lo señaló El Libertador en el parte de la batalla que remitió al vicepresidente de la Nueva Granada:

“El bizarro general Páez a la cabeza de los dos batallones de su división y del regimiento de caballería del valiente coronel Muñoz, marchó con tal intrepidez sobre la derecha del enemigo que en media hora todo él fue envuelto y cortado. Nada hará jamás bastante honor al valor de estas tropas. El batallón británico mandado por el benemérito coronel Farriar pudo aún distinguirse entre tantos valientes y tuvo una gran pérdida de oficiales.

La conducta del general Páez en la última y en la más gloriosa victoria de Colombia lo ha hecho acreedor al último rango en la milicia, y yo, en nombre del Congreso, le he ofrecido en el campo de batalla el empleo de General en Jefe del Ejército”.

En octubre del 2006, el entonces presidente Hugo Chávez Frías anunció: «Voy a quitar a Páez de mi despacho. No voy a destruir la obra porque es de Tito Salas, pero mi general Páez no merece estar en el despacho presidencial junto a Bolívar y Sucre, pues fue un traidor. Duele decirlo, pero sí fue un traidor».

¿Páez traidor?

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El llanero pata en el suelo, que nació y creció muy lejos de las casas mantuanas que se levantaban alrededor de la Plaza Mayor de Caracas, que no tuvo preceptores ni se paseó por los pasillos de las cortes españolas y francesas, que de sargento escaló grado a grado hasta el generalato a fuerza de coraje, el que entusiasmó a sus pares para que se incorporaran a la lucha por un sueño etéreo entonces convirtiendo de manera definitiva lo que era un proyecto de la oligarquía criolla que fracasó en 1812, 1814 e igual en 1819 por falta de pueblo, en realidad posible, ¿traidor?

El que, al tomar el Castillo de Puerto Cabello, último reducto de los soldados de Fernando VII, el 8 de noviembre de 1823, consolidó nuestra independencia, ¿traidor?

Páez y muchos más patriotas probados abrazaron la causa de la nacionalidad venezolana, del gentilicio venezolano, dieron vida a Venezuela, forjaron las instituciones de la nueva república interpretando el sentir de la casi totalidad de los pueblos de la antigua capitanía general cuyo nombre estuvo a punto de desaparecer, para llamarse Apure.

La Gran Colombia nunca fue viable y la mejor demostración de ello es lo poco que se extendió su existencia y en el caso de los venezolanos y las venezolanas fue determinante la humillante sujeción a las élites bogotanas que resultaba tan intolerable como a la monarquía española. 

Si de honrar se trata a quienes dieron tanto en Carabobo es hora de reivindicar a José Antonio Páez y de paso pudiera enaltecerse al coronel Leonardo Infante, fusilado en Bogotá, e incluso a Miguel Peña, presidente de la alta corte de Colombia que fue obligado a renunciar cuando se negó a firmar el fallo contra el valiente moreno, nativo de Chaguaramal.

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Vía Luis Eduardo Martínez
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