El doble terremoto que vivió Venezuela este 24 de junio, ha movido las fibras de los monaguenses, quienes han dado una muestra inmensa de solidaridad con la masiva recolección de insumos, ropa, calzados y alimentos para nuestros hermanos que están sufriendo esta catástrofe.
En medio de esta tribulación, este domingo después de las 5:00 pm. numerosos ciudadanos se acercaron con ropa blanca y velas encendidas a orar por los más de Mil 450 fallecidos, así como por los 3 mil 150 heridos y al menos 12 mil 721 compatriotas que se quedaron sin hogar tras el doblete sísmico que devastó a buena parte del centro del país.
Una oración por Venezuela, no sólo se dedicó a elevar una plegaria por los compatriotas que fallecieron, también reza porque pese a que el tiempo hoy ya juega en contra puedan ser hallados más sobrevivientes, como la señora de 60 años que fue rescatada en Caraballeda.
Al mismo tiempo, agradece a todos los que se han sumado al enorme voluntariado que está trabajando sin descanso al lado de los rescatistas, no sólo bomberos y efectivos de Protección Civil venezolanos, sino la legión de 2 mil 500 funcionarios que llegaron de al menos 16 países haciendo un trabajo extraordinario y encomiable, gesto que como hijos de esta tierra, no olvidaremos jamás.
Cada vela es una luz de esperanza por las almas venezolanas que nos dejaron en este trágico evento, y a la vez, por los niños, jóvenes, hombres y mujeres que han resultado sacados de entre los escombros, prácticamente volviendo a nacer.
Como cuando se apaga la luz de alguna de esas velas al viento, esto nos permite reflexionar acerca de la fragilidad de la vida, donde no tenemos la potestad de decidir cuan larga o corta sea, llevándonos a ser más humanistas al afrontar el tránsito terrenal, porque como ocurrió el pasado 24 de junio, hay transformaciones o fracturas que se dan cuando la tierra tiembla y se desata esa energía poderosa que en dos minutos puede acabar con lo que a muchos costó construir por años y cuando miras a tu alrededor, todo se desploma y se vuelve añicos.
Lo que te queda es el corazón bondadoso del ser humano que desborda soldaridad y amor por el prójimo como el único y más valioso capital. Hay que aprender la lección.





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