Cuando la conciencia es una cárcel

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Se denomina preso de conciencia o prisionero de conciencia –Prisoner of conscience o POC por sus siglas en inglés– al individuo que ha sido encarcelado por su raza, religión, color de piel, idioma, orientación sexual o credo, siempre que no haya propugnado ni practicado la violencia. Se contrapone a este, el conocido término “preso político”.

La definición fue acuñada por el organismo defensor de los derechos humanos Amnistía Internacional a principios de la década de 1960.

Sea cual sea el nombre, eso es lo de menos, ya que incluso se ha caído en discusiones tan cínicas como inútiles, que hablan de que “No hay presos políticos, sino políticos presos”.

El hecho es que estamos refiriéndonos a venezolanos que han visto confiscado su derecho a la libertad, por causas difusas y crípticas, casualmente relacionadas siempre con el hecho de profesar una ideología distinta a la dominante, a la que se supone como única aceptable y adicionalmente han tenido la osadía de hacerla conocer públicamente.

Hablamos de compatriotas que no han aspirado más que al cambio, al cambio para bien de nuestro país; siguiendo vías de actuación democráticas y válidas, que han tenido lo que para muchos es atrevimiento de pretender cambiar las relaciones de poder.

Y lo que es más aún, estos ciudadanos han sido estigmatizados, perseguidos y finalmente encerrados por reclamar el legítimo derecho de la alternancia. Porque de eso se trata la democracia.

De acuerdo a la organización Foro Penal venezolano, al día de hoy pagan su forma de pensar con el encierro, 320 personas en Venezuela. Son 297 hombres y 23 mujeres, 198 civiles y 122 militares, 318 adultos y 2 adolescentes.

Para ellos no se pide más que justicia. El debido proceso se encargaría de verificar las razones por las cuales se les priva de su libertad y de establecer si sus posiciones son legítimas o no, a los ojos de las libertades civiles internacionalmente reconocidas.

Según el “Manual de Litigio Estratégico”, escrito por Gonzalo Himiob Santomé y Alfredo Romero Mendoza, los privados de libertad por su ideología se dividen en las categorías que mencionamos a continuación:

PCP (Preso o Perseguido por Causas Políticas): Aquellos a los que se reprime originalmente con fundamento en la atribución de cualquiera de los delitos o infracciones tradicionalmente caracterizados como “políticos”, tales como los delitos de “Rebelión”, “Complot” o “Traición a la Patria”, entre otros (Delitos de Lesa Majestad) siempre que no hayan hecho uso de la violencia en sus actos y cuando los objetivos de su persecución puedan enlazarse con cualquiera de las finalidades discriminadas para los denominados PPP, o Presos o Perseguidos por Propósitos Políticos (categorías 1 a la 5 de los PPP).

PPP (Preso o Perseguido por Propósitos Políticos): Aquellos que son perseguidos o reprimidos arbitrariamente para cumplir los fines descritos en las categorías 1 a la 5.

PPS (Preso o Perseguido Político Sobrevenido): Aquellos en los que, al principio, no son perseguidos de manera arbitraria o ilegal, pero luego son sometidos por el poder a condiciones de persecución, procesamiento o prisión que vulneran de manera flagrante sus Derechos Humanos, con la finalidad de cumplir un objetivo político, formalmente declarado o no, del poder.

El desafiar al poder establecido es una constante en el ser humano. La historia de esta actitud, es la historia misma de nuestro género. Es la sangre y la pólvora con la que se han escrito millones de confrontaciones durante siglos.

Y el ejercicio del poder es una aspiración legítima. Esa legitimidad se consolida o se desvanece según el modo como se ejerza; tomando en cuenta los motivos para ejercerlo, si estos parten de pretender el bienestar colectivo o no.

Pero en las sociedades que podríamos calificar de ideales, aún el más virtuoso de los gobernantes encuentra su puerta de salida en un periodo determinado.

Desde los años dorados de los griegos comenzó a afinarse la manera civilizada y pacífica de convivencia para quienes pensaban distinto, con el fin de que pudieran alternarse en el poder.

Y, además, se concibieron instrumentos para que, quienes desearan un cambio pudieran proponerlo de manera pacífica y viable. En este frágil pacto social descansa la paz de un país.

Lamentablemente, se nos han ido miles y miles de años en tomar por caminos equivocados y torcidos. Y aún al día de hoy, son muchas las naciones que no terminan de encontrar la ruta hacia la convivencia plural y pacífica de quienes piensan distinto.

Venezuela no será viable, hasta que de verdad quepamos todos. Hasta que no se deje de tenerle miedo a las ideas del contrario. Hasta que no se supere el miedo al cambio. Hasta que la voz plural de nuestro país no sea verdaderamente diversa.

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Vía David Uzcátegui

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