La victoria demócrata en las elecciones de mitad de periodo arrebató a los republicanos el dominio del Congreso y conquistó territorios tradicionalmente conservadores. Este revés electoral para Donald Trump implica que el presidente afrontará el tramo final de su mandato con una oposición fortalecida, capaz de obstaculizar su agenda política.
Aunque los sondeos auguraban un triunfo demócrata holgado en la Cámara y una contienda reñida en el Senado, el revés sufrido por el presidente y su partido superó las expectativas, despejando las dudas de la jornada electoral mucho antes de lo previsto.
Con una proyección de hasta 244 escaños, el Partido Demócrata retomó el control de la Cámara de Representantes, superando ampliamente el umbral de 218 necesarios para obtener la mayoría.
A pesar de la resistencia republicana en bastiones como Florida, la oposición alcanzó su meta más ambiciosa: arrebatar el control del Senado mediante victorias históricas en Texas, Kansas, las dos Carolinas, Iowa y Ohio.
En Texas, el pastor presbiteriano y educador James Talarico se convirtió en el primer demócrata elegido al Senado federal por ese estado en 38 años, al derrotar a Ken Paxton, fiscal general del estado y una apuesta personal de Trump.
El golpe no terminó ahí. El gobernador republicano Greg Abbott, que aspiraba a un cuarto mandato consecutivo, cayó ante la demócrata Gina Hinojosa, quien se convertirá en la primera latina en ocupar el cargo y pone fin a más de tres décadas de dominio conservador.
Los resultados en Texas apuntan a un posible vuelco del voto latino, que en 2024 contribuyó a la victoria de Trump con un respaldo histórico y que ahora le ha dado la espalda.
En Kansas, otro bastión republicano, Adam Hamilton rompió una racha de casi un siglo sin que un demócrata lograra ser elegido al Senado federal por ese estado.
La nueva mayoría en la Cámara de Representantes permitirá a la oposición bloquear la agenda legislativa de Trump, abrir investigaciones e impulsar juicios políticos contra el presidente o miembros de su gabinete, aunque una eventual destitución exigiría una mayoría de dos tercios en el Senado.
El control de la Cámara Alta dará además a los demócratas poder para condicionar decisiones de política exterior y bloquear la confirmación de candidatos al Tribunal Supremo.
Trump afrontará así un Congreso hostil, capaz de poner bajo escrutinio a su Administración y complicar el tramo final de su presidencia, sin posibilidad de optar a un tercer mandato en las elecciones de 2028.
Trump se desmarca del revés
En plena noche electoral, el mandatario intentó desmarcarse de la derrota con un mensaje en su plataforma Truth Social en el que atribuyó el revés republicano a que su nombre no figuraba en la papeleta y llegó a afear a Abbott, uno de sus principales aliados, por alejarse de él.
«No me presenté a las elecciones y, de haberlo hecho, ¡habríamos ganado por una aplastante mayoría! Gracias por su atención a este asunto», escribió.
Sin embargo, Trump se volcó en primera persona durante toda la campaña, con mítines casi diarios, y contribuyó a convertir las elecciones en un referéndum sobre su figura: llegó a pedir a sus bases que acudieran a las urnas pensando en él.
Su impopularidad acabó siendo un lastre para los republicanos, golpeados por el malestar ante la inflación, el encarecimiento de la gasolina derivado de la guerra de Irán, el impacto de los aranceles y su cuestionada política migratoria.
Más tarde, en declaraciones al diario The New York Times, el presidente adoptó un tono más conciliador: reconoció que los resultados apuntaban a una victoria demócrata y se mostró dispuesto a «trabajar» con la nueva mayoría del Congreso.
Un gesto poco habitual en un mandatario que nunca aceptó su derrota frente a Joe Biden en las presidenciales de 2020 y que, antes de estos comicios, había advertido de que solo aceptaría los resultados si las elecciones eran limpias.
Con información extraída de EFE
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