El 24 de junio de 2026, se inscribió en la memoria colectiva de los venezolanos como uno de los días más sombríos de los últimos 50 años, un doble terremoto sorprendió a la vida.
Al caer la tarde, cuando el reloj marcaba las 6 y la mayoría de las personas estaban en sus hogares y así como el invitado inesperado, ¡la tierra tembló! .
Y en unos segundos ese día se marcó de sufrimiento y ruinas en Caracas y La Guaira, dejando ver la fragilidad de la vida y del pensar que somos dueños del mañana.
Dos potentes sismos de magnitud 7.2 y 7.5 en el norte, que convirtieron a La Guaira en el centro de una tragedia devastadora, una imagen que parecía sacada de una película.
El estruendo grave al quiebre del colapso de las estructuras colapsadas entre el polvo, los gritos, los llantos y las grietas que surcaban el suelo, unos segundos que parecieron eternos y que apenas fue el preámbulo de una interminable noche de angustia e incertidumbre.
Un momento lleno de desconcierto y miedo ante lo desconocido, agravado por la inadecuada preparación de un país entero ante un terremoto, convirtiendo lo que debía ser un día festivo en una angustiante pesadilla.
La desesperación se apoderó de las calles, mientras las voces de quienes buscaban a sus seres queridos se mezclaban con el eco de la tragedia. En medio de la oscuridad, la comunidad se unió, enfrentando el desafío de buscar a sus seres queridos, y cargando en sus hombros la esperanza de un futuro incierto.
Los daños más graves ocurrieron en Caracas y La Guaira, el sismo sacudió con fuerza el centro y occidente de Venezuela, afectando estados como Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón, lo que desató una alarma generalizada en gran parte del territorio.
La fuerza destructible de dos sismos continuos se desató en parroquias como Caraballeda, Macuto y Catia La Mar, donde urbanizaciones enteras como Tanaguarena, incluyendo las residencias Newport, quedaron prácticamente irreconocibles.
Daños estructurales dejaron edificios inclinados y en ruinas, mientras miles de hogares en Carlos Soublette y Maiquetía se desplomaban. El estado se transformó en una zona de desastre con bloques residenciales reducidos a escombros que, incluso hoy, continúan cediendo.
Una esperanza que nunca acaba
Y sí, entre esa oscuridad, se asomó la luz de los primeros sobrevivientes, la valentía de quienes se convirtieron en verdaderos héroes tratando de con sus propias manos salvar más vidas. Llegó la ayuda de un mundo que le tendió las manos a los venezolanos, donde no importó el idioma, las diferencias políticas sino el ser humano, el venezolano.
Aquel 24 de junio un llanto eterno se escuchó en todo el país, una tristeza que no se ha ido y que sigue estando presente. Niños, jóvenes, abuelos, familias enteras quedaron bajo los escombros.
La esperanza sigue intacta, hoy oremos por los que no están, por los que no se rindieron, por quienes siguen allí buscando entre lágrimas a sus familiares, amigos, vecinos. Demos gracias a los que estuvieron y a los que siguen estando. ¡Fuerza Venezuela!
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