Cada extremismo opera como un grupo cuyas relaciones son de solidaridad automática entre los miembros del grupo propio y de desconfianza o agresividad, también automática.

José Antonio Gil Yepes.
Los extremismos, sean político-ideológicos, religiosos, tribales, sexistas, regionalistas, étnico-raciales o de cualquier otra índole tienen como características fundamentales el maximizar un valor y minimizar otro. Por esto último, siempre plantean un ente superior que debe conducir y dominar la sociedad y, en el otro extremo, siempre plantean un culpable y chivo expiatorio que debe ser castigado o eliminado; sean estos judíos, empresarios, políticos, religiones, razas, etc., etc.
Cada extremismo opera como un grupo cuyas relaciones son de solidaridad automática entre los miembros del grupo propio y de desconfianza o agresividad, también automática y sin reflexión, hacia el grupo ajeno. Este acertado planteamiento lo hizo el sociólogo francés Emile Durkheim a principios del siglo pasado.
De esta manera los extremismos y extremistas polarizan a la sociedad y plantean relaciones del tipo “conmigo o contra mí.” Lo cual supone el encumbramiento del grupo extremista y la minimización, sumisión o desaparición de algún contrario.
Los resultados de todo extremismo conocido son el conflicto, la marginación, la concentración del poder o autoritarismo, lo cual trae como consecuencias el clientelismo o trato preferencial a los miembros de la causa dominante y la corrupción. La “estabilidad” de dichos regímenes se obtiene bajo represión y, por lo tanto, no es duradera. Esto se debe a que un sistema así manejado no acepta retroalimentación (lo que llaman
“feedback”). Es decir, no procesa las fallas que encuentran algunos de sus participantes, lo cual acumula descontentos que afloran más pronto que tarde. Por eso los regímenes fundamentados sobre cualquier tipo de extremismo no se transforman, simplemente son sustituidos por otro régimen dirigido por otras personas. Obsérvese pues la desaparición de los regímenes nazi, comunistas-estatistas y la inestabilidad de las dictaduras. De igual manera desaparecieron los regímenes basados en exclusivismos religiosos, por ejemplo, en la Edad Media.
El predominio de un grupo sobre los demás podía intentarse en comunidades tradicionales, con una escasa división del trabajo. Pero intentarlo en una sociedad moderna con una alta división del trabajo es impertinente; un proyecto condenado al fracaso. La sociedad moderna es plural por excelencia debido a que el desarrollo tecnológico conlleva a la producción de excedentes, lo cual permite la división social del trabajo y, con ello, va creciendo la necesidad de armonizar intereses cada vez más diferentes. Por ello en la sociedad moderna la pregunta clave en las relaciones entre sectores o grupos sociales NO es ¿quién tiene la razón?, sino ¿cómo nos ponemos de acuerdo?
En el mundo actual, se observa que los países más desarrollados, de mejor calidad de vida para la mayoría de sus habitantes, de menores diferencias socioeconómicas y políticamente más estables responden al modelo democrático liberal plural. Las sociedades de estos países han entendido y llegado a un gran pacto social según el cual las diferencias se aceptan, buscando la mayor cooperación o complementariedad entre los diversos grupos. Desafortunadamente, los países así desarrollados son una minoría.
Los demás países nos debatimos entre tres alternativas más. Una mayoría se trata de democracias de pluralismo limitado, porque predomina un grupo sobre los demás. Una minoría son dictaduras abiertas, sin veleidades que disfracen sus defectos, pero siempre terminan desestabilizándose y sustituidas por intentos, casi nunca sinceros, de implantar democracias de pluralismo efectivo. Otra minoría de países responde a un modelo teórico liberal extremo, de máximas libertades y escasa solidaridad entre los grupos sociales. Este modelo tiene escasa y corta vigencia, posiblemente porque el individualismo extremo no facilita la articulación de grupos necesaria para estabilizar un orden social.
Obviamente, los demócratas liberales buscan la coexistencia entre actores o segmentos diferentes y complementarios, lo cual supone un reparto del poder político; mientras que los no liberales buscan igualar a la mayoría de los miembros de la sociedad bajo un régimen autoritario dirigido por una minoría hegemónica que busca, a toda costa, concentrar el poder político, y sus beneficios.
@joseagilyepes
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