Los reclamos son iguales en San Francisco que en Achaguas: los cortes de electricidad, las carencias de agua y gas, la de gasolina y gasoil.

Luis Eduardo Martínez recorre el país.
Recorro Venezuela sin descanso. Zulia, Lara, Yaracuy, Carabobo, Nueva Esparta, Táchira, Mérida, Guárico, Apure y la caraqueña parroquia Santa Rosalía en los últimos días. También Cúcuta(Colombia), con la dolorosa realidad de los millones de venezolanos que por allí han pasado en búsqueda de un mejor mañana.
El clamor es el mismo es cualquier lugar, el deseo de salir de esta pesadilla, de cambiar prontamente, de hacerlo en paz y electoralmente.
Los reclamos son iguales en San Francisco que en Achaguas: los cortes de electricidad, las carencias de agua y gas, la de gasolina y gasoil; otra vez, las carreteras inservibles, el sistema de salud colapsado con hospitales y medicaturas “sin una curita”, escuelas y liceos de apenas un par de días de clases semanales, misiones excluyentes repartiendo muy de vez en cuando bolsas Clap llenas de gorgojos.
En San Felipe como en Puerto Cabello es unánime la indignación por los sueldos y salarios que para nada alcanzan, profesionales y obreros, maestros y policías exigen aumentos inmediatos; abuelos y abuelas padeciendo calamidades después de una vida de trabajo con pensiones y jubilaciones de miseria.
Lloran en Carora por los hijos que están fuera y en El Valle ruegan a Vallita para que los traiga de vuelta.
Ingenieros, médicos, sentados en un bordillo en el boulevard de El Cementerio de Caracas esperando que alguien compre la mercadería que, tendida en el suelo, ofrecen.
“Son muchas las veces que en una semana no vendo nada”, me confiesa una Internacionalista egresada de la UCV.
Empresarios acogotados por los impuestos y tributos, sobrevivientes a duras penas que evalúan después de tanto resistir bajar las santamarías; productores agropecuarios cansados de las alcabalas y la inexistencia de financiamiento, editores de medios autocensurados quejosos por la falta de insumos.
El descontento es generalizado pero la esperanza está viva.
La esperanza por un futuro distinto se resume en una fecha: el 28 de julio.
Convencidos que no hay atajos, que nos engañaron proclamando que la ruta era la abstención, los alzamientos militares, las invasiones extranjeras incluso; los venezolanos aguardan expectantes el día que se elegirá un nuevo Presidente.
Hastiados de peleas, de enfrentamientos, de confrontaciones estériles, de sanciones que sólo perjudican a los humildes, confían en un cambio en paz.
Pacífica y electoralmente, el 28 de julio el cambio deseado será posible para que juntos hagamos de Venezuela el mejor país del mundo.
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Esta entrada ha sido publicada el 27 de mayo de 2024 9:30 AM
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