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Volver al pasado

Me enseña las fotos de sus tres hijos y se le aguan los ojos al lamentar que se han marchado fuera con sus nietos.

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Cuando era niño no me perdía “La Máquina del Tiempo”, en la desaparecida Radio Caracas TV; basada en la obra de Herbert Well relataba la historia de un científico que construyó un dispositivo  que le permitía viajar tanto al pasado como al futuro.  Mis preferidos eran los episodios donde se retrocedía siglos y disfrutababoquiabierto de los combates en el coliseo romano o la entrada a Troya en el vientre del caballo de Aqueo. Los del mañana no me gustaban mucho porque “Los Supersónicos” reflejaban mejor el mundo que yo juraba viviría siendo adulto.

Tiempo después, mi profesor de física del Liceo Militar Ayacucho, apoyándose en Einstein y la Teoría de La Relatividad nos dejó claro que era imposible viajar al pasado mientras que al futuro teóricamente sí. Más recientemente, el británico Stephen Hawking especuló acerca de viajar en el tiempo coincidiendo que alguna vez será viable hacerlo hacia el porvenir.

Ni Einstein ni Hawkin contaron con Maduro quien ha logrado volver al pasado a millones de venezolanos.

Visito a un buen amigo que bordea los 80 años. Me cuenta que en la Aragua de Maturín donde creció no hubo electricidad hasta que llegó a la adolescencia y un emprendedor local llevó una planta “que solo permitía encender bombillos entre las 7 y las 9 de la noche”. Las neveras eran de kerosene y apenas refrescaban, lo que no se comía fresco se salaba como la carne y el pescado. Si querían darse un buen baño se iban al rio donde además de asearse aprovechaban de bucear a las muchachas que de ese pueblo han sido famosas como las más bonitas de Monagas. No existía la televisión y pasaban los ratos libres jugando metras, perinola o volando papagayos. Ya casi por irse a estudiar a Maturín, porque no había bachillerato completo en el municipio, abrieron una oficina telefónica con un solo aparato que los vecinos usaban solo en ocasiones especiales con el inconveniente que todos se enteraban de la llamada por lo excepcional que era el uso del servicio.

“Cuando me fui a la Universidad en Mérida–me dijo- una vez al mes le mandaba un telegrama a Mamá por el cual sabía de mí. Normalmente –y se sonrió- el texto era el mismo: Estoy bien pero limpio”.

Solo los ricos tenían carro, se lavaba a mano y se secaba al sol. Las enfermedades se atacaban con hierbas y remedios caseros. La gente se moría de repente o de mengua y a nadie se incineraba. Ni pensar en aires acondicionados y los primeros ventiladores eran símbolo de “gente fina” como el whisky que casi nadie consumía.

Sudando en la cocina de su casa mientras su mujer lava los platos con el agua de un tobo, mi amigo describió en detalle como cuando comenzó a ejercer como abogado, durante el gobierno de Rómulo Betancourt, su vida cambió. Compró casa y carro con créditos de bancos, amobló fia’o y firmó un montón de letras pero lo que ganaba le alcanzaba para cancelar sus obligaciones, darse sus gustos de vez en cuando y guardar unos realitos.  Después vinieron los muchachos y los crió sin sobresaltos hasta verlos graduados.

Me enseña las fotos de sus tres hijos y se le aguan los ojos al lamentar que se han marchado fuera con sus nietos.

Nos despedimos con un largo abrazo mientras señala con pesadumbre: “cuando yo me imaginaba que volvería al pasado, a lo que ya creía superado”. Pues hemos vuelto, le respondí, pero aún podemos regresar al futuro.

RugsUSA WW

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