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Venezuela hoy y la diplomacia

En la lista sigue la crisis política. Es uno de los escasos episodios de la historia universal donde no está en entredicho el reconocimiento del Estado sino del gobierno.

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Venezuela sigue dominando los encabezados internacionales, por la aguda crisis multidimensional en la que sigue sumida nuestra nación. Las diferentes facetas hacen del caso venezolano un fenómeno casi inédito en varios ámbitos. Por una parte, Venezuela atraviesa en estos momentos una crisis social, y económica que fija lamentables precedentes en toda la región y en el mundo. A pesar de la bonanza petrolera que percibió nuestro país desde inicios del nuevo milenio, coincidiendo con la llegada al poder del Socialismo del S. XXI planteado por el fallecido presidente Hugo Chávez, como la fórmula definitiva de la política venezolana que se expandió a su vez por toda América Latina, con un precio promedio de 100 dólares americanos por barril, esta semana las reservas internacionales de Venezuela perdieron USD 406 millones, cayendo a 8.126 millones de dólares siendo el nivel más bajo en 44 años, según datos publicados por el BCV. En el ámbito de la industria petrolera Venezuela pasó de producir 3 millones de barriles diarios, con proyecciones de casi 5 millones de barriles diarios, a menos de 1 millón de barriles diarios. Esto es solo una expresión de esta realidad. La inestabilidad social está a la orden del día. Esta peculiar y explosiva combinación aunada a la crisis política ha empujado a un gran número de venezolanos a embarcarse en una diáspora que hoy lidera los índices de inmigración en América Latina y todo el hemisferio. Según información suministrada por Naciones Unidas, unos 3,7 millones de personas se han marchado del país. Más de 1.200.000 viven en Colombia, a menudo en comunidades pobres que ven sobrepasados sus escasos recursos. La crisis económica, se ha recrudecido por el acecho del fantasma del debilitamiento y colapso de los servicios públicos. Servicios básicos como el agua, la luz, y en días recientes la gasolina, agudizan el aguijón de una crisis cuyo destino parece incierto.

En la lista sigue la crisis política. Es uno de los escasos episodios de la historia universal donde no está en entredicho el reconocimiento del Estado sino del gobierno. A un año de un proceso electoral presidencial cuestionado, cuyos resultados no fueron convalidados por el candidato Henri Falcón ni por gran parte de las cancillerías occidentales, el panorama es muy turbio. Por un lado tenemos la figura del diputado Juan Guaidó, cuyo fenómeno cumple los criterios estipulados por Nassim Taleb en su obra “El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable”, quien para más de 50 países, la mayoría de América Latina, casi la totalidad de los países de la Unión Europea y potencias como Estados Unidos de América, no es sólo el presidente de la Asamblea Nacional sino que ejerce las competencias de la presidencia encargada de la República. Por otra parte, se encuentra el Presidente Nicolás Maduro, cuya legitimidad de funciones al frente del Poder Ejecutivo es reconocida por el aparato burocrático de la nación, y por la mayor parte del hemisferio oriental, con la actitud reservada del Medio Oriente con excepción de Irán como un gran aliado estratégico y el irrestricto apoyo de potencias como Rusia, China y Turquía. Quizás en el ámbito de la diplomacia bilateral los procesos son mucho más simples. Por ello vemos cómo emisarios de Guaidó han sido reconocidos como Embajadores en algunos países como Panamá, Colombia o Perú. Destacable la dual pero hábil postura de Europa al otorgarle a los enviados de Guaidó el título de emisarios personales del presidente de la Asamblea Nacional. De resto en el ámbito bilateral vemos como la mayoría de las Embajadas venezolanas, dentro del marco de la Convención de Viena de 1969, siguen bajo el control de los Embajadores del presidente Maduro, quienes siguen ejerciendo sus competencias, dentro de una peculiar dualidad de cohabitación.
En el ámbito multilateral la situación es más compleja así como los procedimientos. Casos como el de la OEA donde sólo es necesaria la mayoría simple del Consejo Permanente, reconocen a Tarre Briceño como el Embajador legítimo de Venezuela, ante el organismo del que la administración de Maduro ya se considera fuera. En contraposición se encuentran las Naciones Unidas donde un cambio de representante distinto al Embajador Moncada requiere la aprobación de dos terceras partes de la Asamblea General y el beneplácito de 9 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad sin el veto de ninguno de los 5 miembros permanentes, una situación de momento virtualmente imposible de cambiar. En el panorama más actual Maduro anuncia el adelanto de las elecciones parlamentarias, opción que diversos dirigentes de la oposición, dominantes en el Parlamento, han rechazado. Iniciativas como las conversaciones en Noruega, país que ha sido mediador en grandes conflictos como el Israel-Palestina, parecen estar dentro del espíritu del art. 33 de la Carta de Naciones Unidas que establece la resolución política de controversias, pero para cualquier probabilidad de éxito es necesario la voluntad política de todos los actores. Esperemos que impere la racionalidad y que en última instancia sea el pueblo venezolano, quien decida el futuro del país.
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