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Mister Kirckman: El sobreviviente designado

Mr. Kirckman trata de convencer a un Senador de derecha que apoye una ley para compensar a las víctimas del robo de un fondo de pensiones de empleados públicos.

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José Antonio Gil Yepes, director de Datanálisis.

El sobreviviente designado o “designated survivor”, como se llama la serie de Netflix, es una figura real. Se trata de una persona en la línea de sucesión del Presidente de Estados Unidos que es escogido para que NO esté presente en situaciones en las que la vida de titular y su Vicepresidente puedan correr peligro, de manera de asegurar la sucesión según las reglas constitucionales, sin someter a la nación al stress adicional de la pugna por cubrir dicho cargo.

En esta serie, el evento catastrófico ocurre por vía de una bomba terrorista que destruye la sede del Congreso de Estados Unidos durante la presentación de la Memoria y Cuenta del Presidente o “State of the Union Address”, acto en el cual están presentes casi todos los representantes de todos los poderes públicos.
El sobreviviente es designado por un mecanismo de alta seguridad. Pero, en este caso, el mecanismo fue amañado por un miembro del propio gobierno que había sido ganado por la causa terrorista. De esa manera, se designó al Secretario de Vivienda, un personaje de mínima ascendencia, poco carisma y cero arrogancias, Tom Kirckman.
Para colmo, Mr. Kirckman no pertenecía a ningún partido, estaba registrado como “independiente”, o sea, que estaba perfectamente solo en la maraña del caos.
La sorpresa del guión de la serie es que el Mr. Kirckman comienza a lograr ascendencia, no tanto por ejercer el poder sino porque lo ejerce en función de su sinceridad, bondad y apego a los principios más altos del ser humano. Todo esto presentado con un candor que causa vértigo al ver a aquel personaje usar esas virtudes como un inocente y a veces en contra de los consejos de sus propios asesores quienes, ocasionalmente, le recomiendan usar los viejos hierros de la política. El resultado es que estas herramientas dejan desarmados a sus más terribles y mezquinos opositores en el gobierno, los medios, los negocios, los sindicatos y el Congreso.

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En una de las situaciones, Mr. Kirckman trata de convencer a un Senador de derecha que apoye una ley para compensar a las víctimas del robo de un fondo de pensiones de empleados públicos, pero el Senador se niega, alegando que sus principios le indican que la gente no debe ser tan tonta como para no saber donde pone su dinero. A lo que el Presidente le responde que aún siendo verdad que la gente sea tonta (“sucker”, susceptible de engaño), el Estado tiene una responsabilidad por haber colocado esos dineros en manos de quien lo robó. Esta conversación, que tuvo lugar en el camerino después de un juego de jockey amistoso en el que ambos habían participado, fue mal utilizada por el senador para insistir, a través de los medios de comunicación, en su posición en contra de la aprobación de la ley y para descalificar la posición del Presidente Kirckman, incluyendo la referencia a que éste pensaba que la gente era tonta. La guerra de comentarios no se hizo esperar, al punto que el caso empezó a llamarse el “Sucker Gate”; las lealtades hacia el Presidente cayendo, así como sus números en las encuestas. En este remolino, todos los asesores le recomiendan al Presidente que desmienta al senador (no hubo testigos) y uno de ellos hasta le sugiere que chantajee al senador con una foto en una relación extramarital. En estas condiciones surge una entrevista televisada en la cual, mientras los asesores esperan que el Presidente desmienta al senador, Mr. Kirckman hace todo lo contrario: dice que sí,… “que a veces todos actuamos como tontos siendo demasiado crédulos en vez de ser precavidos y vigilantes de nuestros intereses y responsabilidades.” A lo que añadió que invitaba a todos a aprobar la ley porque había una responsabilidad del Estado en el robo de los fondos. El impacto en la opinión pública por el candor del Presidente no se hizo esperar, así como al apoyo del taimado senador a la aprobación de la ley.
El hecho de que este contraste entre la virtud y la bajeza nos sorprenda una y otra vez nos llama a reflexión. No tanto para generarnos culpa por no poner siempre la verdad y la bondad por delante sino para inducir en nosotros la sana sospecha de que hay algo de la mejor forma de vivir que nos estamos perdiendo por no actuar apegados a las virtudes que nos enseñaron.
Si quieren leer un libro que demuestra científicamente que la bondad y la verdad pagan más y mejor que el egoísmo y la mentira, pueden recurrir a La Revolución Generosa de Stefan Klein, Editorial Urano. Lo demás se lo dejo a su reflexión. Pero no nos escondamos de que sólo se trata de una película.
@joseagilyepes
RugsUSA WW

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