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De lo excepcional a lo cotidiano

En diferentes espacios hemos expresado nuestra firme defensa del diálogo, tan necesario en el momento político que vive el país.

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En diferentes espacios hemos expresado nuestra firme defensa del diálogo, tan necesario en el momento político que vive el país.

La necesidad de dialogar emerge en un contexto histórico y cultural violento en el que, sin distingo de tolda política, participamos “sin querer queriendo” en una incontrolable cadena de comportamientos violentos. La violencia que tanto nos asombra ha sido culturalmente construida, no es externa a la sociedad y a la cultura venezolana y, menos aún, es una dimensión ajena a nuestra vida y cotidianidad.

Venezuela ha devenido en una suerte de tierra arrasada por la violencia en todas sus manifestaciones, razón por la cual ha ido perdiendo su carácter de excepcionalidad. Convivimos con “la violencia de la sangre”, la violencia estructural, la violencia legítima y la ilegítima, la violencia cotidiana, la violencia espectáculo que nos atrae y fascina, a la vez que nos asusta. Es indudable la relación existente entre cultura y violencia que, sin temor alguno, hay que desnudar, denunciar y derrotar. Es incuestionable que la cultura no es un campo ajeno a la política, por el contrario, la política de un país refleja el sentido de su cultura.

El diálogo en tanto urgencia social intenta sobrevivir en un contexto donde los altos niveles de violencia han erosionado la participación y la confianza en las instituciones encargadas de proteger a la ciudadanía, percibidas en ocasiones como parte de la violencia. El dialogo lucha por imponerse en un tejido social herido, atomizado, caracterizado por el deterioro de las relaciones de solidaridad y donde imperan actitudes autoritarias. Roto el contrato social, el Estado se percibe impotente y las fuerzas políticas incapaces de negociar.

Producto de este contexto, el dialogo legítimo pero en situación de fragilidad, ha devenido en un arma de negociación y en una estrategia política de chantaje, extorsión, coacción y amenaza del adversario.

Irrumpen en el panorama político dos preocupantes sucesos: el caso del capitán de corbeta Rafael Acosta y del joven Rufo Chacón. A ello se une el informe de la alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet. A lo cual riposta el Gobierno venezolano con 70 objeciones.

Gravísimos sucesos, tanto desde la perspectiva de los DDHH, como desde la óptica de la justicia, la credibilidad y la legitimidad. La violencia permanece en nuestros propios temores y desesperanzas.

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