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Crónica | Pena máxima

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El reloj de su teléfono celular decía que eran las 5:00 de la tarde cuando recibió aquel mensaje de texto. Ella no sabía si agradecer o cuestionar la información que con detenimiento leía en voz baja y trataba de analizar.

Era lo que al fin y al cabo deseaba toda la familia desde que su adorada sobrina, de apenas 16 años, entró en el eterno descanso por culpa de un joven mayor que ella aunque solo por un año.

A Marianny José Guerra Fajardo le llegó la muerte un 19 de julio de 2017 cuando estaba sentada en una silla de mimbre en el frente de la casa de su abuela paterna, en el sector La Florecita, parroquia Las Cocuizas, ubicada hacia el este de Maturín.

Era de tarde y la muchacha había llegado de acompañar a su abuela a una iglesia evangélica a unas cuadras de la residencia.
El homicida de Marianny es un muchacho de 17 años, quien llegó al lugar a los pocos minutos para entablar una conversación con la tía de ella, otra adolescente.

Tras un par de minutos, un balazo resonó en la calle y la víctima cayó malherida; lo que siguió a continuación fue pánico, miedo y una tristeza que aún no se cura.

El adolescente, cuya identidad es protegida por la Ley de Protección del Niño, Niña y Adolescente (Lopnna), admitió el homicidio. Lo hizo en la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), como en el Circuito Judicial Penal del estado Monagas mientras duró el juicio.

 

El juicio

Tan pronto fue entregado por su propia madre, el victimario fue llevado a los calabozos de la Policía del estado Monagas donde comenzaron las experticias. Pasó un mes y fue cuando el Ministerio Público lo imputó ante el tribunal de menores por el delito de homicidio en contra de Marianny José Guerra Fajardo.

Al homicida le asignaron un defensor público porque no tenía suficientes recursos económicos para pagar un abogado; la familia de ella tampoco los tenía así que todas las actuaciones fueron hechas por la fiscalía.

Bastaron tres audiencias más para que se le diera lectura de la sentencia: Seis años y ocho meses de cárcel, una condena que deberá pagar en el Centro Guaicaipuro, ubicado en la población de Viento Fresco, municipio Cedeño, al oeste de Monagas.

El juicio duró dos horas, según recuerdan los allegados de la muchacha, quien el 11 de marzo habría cumplido sus 16 años.
Por la admisión del crimen, la pena le fue rebajada y durante el juicio, al muchacho se le informó que si tenía buena conducta, pues pagaría su pena en ese centro de reclusión sin importar que sea mayor de edad.

En caso de que se porte mal, pues irá a la sede del Cicpc, donde ni siquiera hay un calabozo si no que los privados de libertad permanecen en la intemperie, según ha denunciado la Organización No Gubernamental Una Ventana a la Libertad (UVL).

La familia de Marianny no está muy convencida de ese veredicto, de hecho su tía -quien habría decidido pagarle un curso de actuación a la joven- considera que es algo injusto pues se trata de un adulto pagando condena en una cárcel para adolescentes delincuentes.

En el hogar Guerra Fajardo pensaron en apelar, pero es una acción que cuesta mucho dinero y no los tienen. Querían apelar la decisión porque saben que hay una incongruencia en el relato ofrecido por el victimario en el Cicpc y durante el juicio.

Saben que ante el cuerpo detectivesco, el muchacho afirmó que el tiro fue accidental; se le escapó una bala cuando la manipulaba frente a ella. Pero, delante del juez de menores, el adolescente afirmó que hubo un forcejeo entre ambos y el arma se accionó.

“Allí hay algo extraño, él está ocultando algo”, cuestiona la tía.

 

El caso

Eran casi las 7:00 de la noche de aquel 19 de julio cuando se escuchó el disparo que paralizó a la familia de Marianny y a sus vecinos.

Cuando ocurrió, el adolescente accionó el arma de fuego, en el frente de la casa de la abuela paterna donde estaba Marianny, su hermano y su tía. La versión de ese día es que el victimario se asustó, dijo que lo sentía y luego salió huyendo; su hermano la tomó en sus brazos y la llevó hasta el ambulatorio de Sabana Grande, donde no había ambulancias para llevarla hasta el Hospital Universitario “Dr. Manuel Núñez Tovar.

Un vecino que supo que el familiar la llevaba cargada hasta el ambulatorio puso su carro a la orden para irlos a buscar y al cabo de unos minutos, el habitante llegó al sitio y la subieron en el vehículo, que salió a toda marcha rumbo al Manuel Núñez Tovar; murió en el camino. La bala entró por el abdomen y la causó daños en el intestino, además le rozó el hígado.

El proyectil salió de un revólver calibre 38 milímetros, recuerda la familia. Antes del asesinato, la jovencita -quien estaría estudiando quinto año de bachillerato en el Liceo Miguel José Sanz- le habría regalado algunas prendas a una hermana, con quien jugó sobre la muerte y le pidió que le hiciera caso a su madre.

La adolescente era cariñosa, tenía una sonrisa que contagiaba; su tía recuerda que como a toda adolescente, a ella le gustan las “rumbas”, vestirse bien y compartir con sus amigos. Pero las fiestas no le impedían sacar buenas notas en el liceo, de hecho salió de cuarto año con materias eximidas.

Pensaba qué carrera podía estudiar aunque tenía definido que lo suyo era el modelaje, además quería ser una gran actriz. Hoy la familia no comprende por qué su asesino solo recibió seis años de cárcel y no será trasladado al Centro Penitenciario de Oriente, mejor conocido como cárcel de La Pica, cuando cumpla la mayoría de edad.

RugsUSA WW

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