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¿Cómo salimos de ésta?

La respuesta de equilibrio al dilema se orienta hacia ir abriendo progresivamente las actividades más necesarias.

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José Antonio Gil Yepes, director de Datanálisis.

Así como las respuestas de entrada a la crisis del Covid-19 se hicieron siguiendo dos enfoques dilemáticos, mientras no aparezcan el tratamiento ni la vacuna, también se perfilan dos formas dilemáticas para salir de ella.

Unos países respondieron con una cuarentena temprana, mientras que otros pararon actividades después de iniciada la expansión de la pandemia tratando de evitar enorme costo económico que tiene la cuarentena. Pero tuvieron que parar por el crecimiento del costo en vidas.
Este dilema no se resolverá mientras no aparezcan el tratamiento eficaz y la vacuna y, por lo tanto, los países tendrán que escoger entre los costos por la enfermedad o por el empobrecimiento.
El argumento para parar las actividades a pesar del daño económico es salvar las vidas de los no enfermos. Pero, este derecho se topa con el derecho de los pobres a alimentarse y los derechos de todos a evitar los saqueos, hurtos, asaltos y emigraciones que ocasiona el empobrecimiento. De estos dos puntos de vista sobre los derechos humanos surgen dos patrones de salida de la cuarentena.
Los primeros países en llegar a la conclusión de que mayor será el sufrimiento por empobrecimiento serán los primeros que empiecen a llamar al trabajo; y estos probablemente sean los que tengan mayor capacidad de tratar la enfermedad, por lo que tenderán a ser los países más desarrollados y, por ende, más democráticos; ojo, siendo la democracia necesaria para generar el debate entre los dos derechos que generan el dilema.
Mientras que los países que reaccionarán más tarde tenderán a ser aquellos que tengan menos capacidad para tratar los enfermos, lo cual coincide con los países que ya son pobres y menos democráticos. Y la prolongación de la cuarentena los hará mucho más pobres y, posiblemente, menos democráticos.
La respuesta de equilibrio al dilema se orienta hacia ir abriendo progresivamente las actividades más necesarias, lo cual supone que se pueda, también progresivamente, ir dotando a los involucrados de los mecanismos de protección, a la vez que se mantengan en casa a los mayores de 70 años, edad a partir de la cual se dispara la probabilidad de fallecer, y educar a los que salgan a trabajar en el cuidado de los mayores que vivan en la misma vivienda o en las compras para los que vivan aparte. Esta política no es perfecta porque los dilemas no tienen soluciones perfectas, pero si tiene la virtud de que va a tender a equiparar el número de afectados por la enfermedad con el de los afectados por la pobreza. Los dos sufrimientos cuentan y, más pronto que tarde, tendremos que repartir las cargas. El salvar vidas de ancianos con condiciones previas (que son quienes concentran más del 70% de las muertes por el Covid-19 en el mundo) no es un valor absoluto pues choca con el valor de salvar infantes del hambre y del retardo mental permanente que produce la malnutrición y de otras calamidades que genera la pobreza.
En este inventario de opciones de políticas públicas, Venezuela, desafortunadamente, aparece situada entre los países de salida tardía, tanto porque no dispone de los medios sanitarios para arriesgarse a ir reactivando las actividades, como porque, aunque quisiera hacerlo, carece de gasolina y electricidad para reactivarlas. Lo cual coincide con la concentración del gobierno en informar sobre la pandemia y quedarnos en casa, sin mencionar una palabra sobre cómo “piensa salir de ésta”, coincidiendo así con el proceso de destrucción de la empresa privada y empobrecimiento que emprendió el chavismo hace 20 años para construir su hegemonía política.
@joseagilyepes
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