Es la alternativa política fundamental en esta hora crucial. Si algo ha distinguido al chavismo es su empeño en imponer una visión del mundo, una estructura de poder, bajo un arcaico personalismo político, lo cual se ha exacerbado al ser aquella la del estatismo asfixiante y el control ideológico. El bloqueo a las libertades ciudadanas, a la iniciativa privada y a los derechos políticos desoló el suelo patrio ante la mirada indiferente de los responsables del colapso. Los problemas creados por la concentración de atribuciones en el Presidente o en la cúpula gobernante-partidista-militar y las protestas populares quisieron ser contrarrestados mediante un usurpado y pretendido poder absoluto que terminó disolviendo las últimas resistencias del edificio constitucional: la espuria Asamblea Nacional Constituyente. Pero la realidad no puede ser cambiada por decreto presidencial o seudoconstituyente y hoy observamos cómo ese cuerpo, en sus inicios soberbio y avasallante, que invadió los espacios de legitimidad democrática de la entonces acorralada Asamblea Nacional para hurtar algo de lo que esta representaba, palidece sombríamente en medio del fracaso general del modelo político-económico, sin que sus poderes ilimitados puedan hacer oscilar una sola hoja del entorno nacional. Al contrario, luce víctima de sus propias ambiciones, atrapado en tierras movedizas en las que se hundiría irremisiblemente si intenta salir de su fosa. Ante esa agonía del cuerpo ilegítimo, intenta reaparecer en escena la llamada Sala Constitucional, cuando ya está a la vista de todos que desde allí no emana justicia y que los símbolos de la juridicidad fueron sustraídos fraudulentamente por sus detentadores.

Un nuevo capítulo de la lucha
La legitimidad política y constitucional de la Asamblea Nacional aguardó estoicamente el momento en que debía irrumpir nuevamente con todo su vigor, mientras sus integrantes de talante democrático fraguaban los caminos que lo hicieran posible. Ante el cierre de los cauces institucionales internos se abrió desde el 2016 la vía internacional, que gradualmente se fue intensificando. Ha comenzado un nuevo capítulo de la lucha, con otro contexto, balance de poder y desafíos. Creo que en la transición a la Democracia que se está gestando asumiremos como compromisos inderogables la garantía del derecho sagrado de cada persona a profesar la ideología política de su preferencia o a no adherirse a ninguna explícitamente; erradicaremos toda forma de persecución, discriminación o marginación contra los individuos en razón de sus convicciones; exigiremos que las autoridades se sometan con lealtad al principio de separación de poderes y de independencia judicial; resguardaremos las libertades económicas como pilar para un desarrollo productivo y diversificado y como baluarte de autonomía individual; conscientes de los cometidos sociales indeclinables del Estado, pero también de la necesidad de satisfacerlos en un marco de promoción de la iniciativa privada; respetaremos a las fuerzas armadas y a la función que pueden cumplir en Democracia, liberándolas de las hipotecas ideológicas que les han impuesto. Todo esto con generosidad e inclusión, sin extremar las posiciones que desatarían fracturas o agudos disensos en el frente democrático. Radicales sí, pero sobre todo en la preservación del espacio común para el disenso. Con aplicación de la justicia respecto de los crímenes de lesa humanidad o graves violaciones a los derechos humanos, la corrupción y otros delitos de Estado que han sido cometidos y se siguen perpetrando, pero sin revanchismos contrarios a la virtud y al espíritu nuevo.
Pluralismo
Es esencial construir un marco político-institucional de pluralismo en el que todos se sientan parte del proceso de recuperación del país. No solo para el éxito de las ejecutorias posteriores, para la sostenibilidad del cambio político una vez asegurado, sino para que este sea posible y a fin de que la impronta que lo defina se eleve por encima del unilateralismo del régimen que se quiere superar. No es un antes y un después para el pluralismo, como si este solo tuviera cabida cuando nosotros lo administremos; es un línea continua y creciente que, con las vicisitudes que lleva consigo una transición de poder, consolida los logros políticos y vitaliza las instituciones democráticas.
No me anticipo a hablar ahora de las reformas constitucionales recomendables en este tránsito. La experiencia nacional y comparada demuestra que es muy difícil abordar este asunto en abstracto, ya que está dominado por las características y exigencias de la nueva génesis política. Pero sí resulta medular diseñar e implementar los pasos futuros con apego a los principios democráticos y del constitucionalismo por los que se ha batallado. Hay que aprovechar el tiempo promisorio que vivimos, en el que la esperanza y el coraje cívico están iluminando decididamente la ruta de la reconstrucción nacional.

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