Tiene razón Gerver Torres cuando declara que “la reconstrucción no es volver a montar lo que teníamos antes”. Y más cuando añade que no puede limitarse a la infraestructura física o a la economía, sino a la reconstrucción ética, a la reconstrucción cultural, la de los tejidos sociales, la de ciudadanía. Por eso anima constatar el crecimiento de un movimiento ciudadano que va tomando forma en lo que ha comenzado a llamarse Frente Amplio Nacional y ha dado los primeros pasos en el Aula Magna de la UCV con el evento “Venezuela no se rinde”, en el que se congregaron universidades, academias, miembros de los sectores económico, sindical, cultural, eclesiástico y político, gremios, organizaciones no gubernamentales, estudiantes, periodistas.

El tema de la economía no es el único, pero está en el centro de las preocupaciones. Lo es para la ciudadanía congregada en el Frente Amplio. También, hay que deducirlo, para el candidato Henri Falcón. Lo expresa cuando anuncia como su asesor en materia económica a Francisco Rodríguez, hasta ahora economista jefe de Torino Capital. Dados los conocimientos y experiencia de Rodríguez se podría esperar de él un programa ajustado a la realidad. Su candidato ya ha adelantado que le interesa colocar a Venezuela en la senda del crecimiento, que se propone atacar la hiperinflación, recuperar la producción de Pdvsa, generar confianza para que retornen los capitales, acudir por financiamiento a los organismos multilaterales.

De la importancia de la economía habla también el otro candidato. Al oficializar su nominación, la promesa de Nicolás Maduro es, nuevamente, el relanzamiento de la economía, repitiendo lo que viene ya anunciando desde hace tiempo, sin que se hayan visto ni el cómo ni el cuándo. ¿Habrá comprendido que profundizar el actual sistema es un suicidio? En todo caso, son coincidencias que revelan lo inocultable: el desastre y la incapacidad de superarlo repitiendo lo que ha llevado al fracaso.

Marcado por el tema electoral el país corre el riesgo de terminar centrando su atención en candidatos, fechas, condiciones, legalidad o ilegalidad, participación o rechazo. El tema, sin embargo, no son las elecciones –que también lo son– sino la elección del modelo que se quiere, la discusión de una propuesta nacional capaz de atender ya la gravedad de la crisis y, simultáneamente, el largo proceso de la reconstrucción. Hacerlo es una forma de superar el escenario de promesas, mentiras y falacias sobre el que se montan las campañas electorales. No es sencillo lograrlo. Se impone una fuerte dosis de realismo y de sinceridad, de un liderazgo capaz de mostrar y de conmover, pero sobre todo de convocar al esfuerzo. “No tengo nada que ofrecer, excepto sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”, dijo Churchill en su momento, enfatizando lo del esfuerzo, aunque la versión más conocida de su frase hubiese recortado la original. Esfuerzo, sí, esfuerzo, no dádiva, no simple participación en el reparto, no desfiguración complaciente de la verdad, no promesas imposibles.

Urge definir una posición unitaria. No se trata de estimular la división de la sociedad entre sí o no, votar o no votar, A o B, pero sí de tener claridad en las razones para apoyar y en las razones para oponerse, para lo que rechazamos, pero especialmente para lo que queremos. Y se impone dar sentido a la unidad. Gerver Torres diría “para la construcción”.

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