Vivimos en un nivel diario de perturbación emocional por el estado de cosas que la crisis nos hace vivir. Y aun cuando podríamos decir que todos sentimos las mismas emociones, la realidad es que no las experimentamos de la misma manera ni por las mismas cosas: estamos también fragmentados emocionalmente. Hoy, por ejemplo, muchos sienten una rabia irrefrenable hacia quienes gobiernan, mientras otros la sienten mayor hacia quienes han sido incompetentes para sacarnos de este atolladero.
Todos queremos justicia, pero no la esperamos del mismo modo. Hay quienes la reclaman como la justa reparación por los padecimientos sufridos o como el castigo a los culpables de los delitos contra todos cometidos, pero muchos la desean más bien como catarsis. Lo mismo pasa con el deseo de perdón. Mucha gente tiene la necesidad de ver a los culpables admitiendo públicamente su culpa, y extienden esta exigencia hasta quienes se equivocaron en votarlos alguna vez, sin caer en cuenta que basta una pequeña insinuación en este sentido, o la simple manifestación de una postura no compartida por otro opositor para que un enjambre rabioso caiga sobre la presa acribillándola verbalmente. Lucen como turbas enfurecidas prestas a hacer justicia por su propia mano.
Nuestra sociedad está enferma emocionalmente. Años de prédica de odio, la acumulación de sentimientos de frustraciones por las derrotas sufridas, los deseos no satisfechos de castigo a los culpables por tanto sufrimiento, el deseo de que alguien pague por tanto miedo o angustia ante el porvenir, porque para muchos vivir se les tornó más terrible que la muerte y por ello desean que alguien pague por tanto miedo a suicidarse, por lo sufrido por familiares muertos a manos del hampa o por la imposibilidad de brindarle adecuada asistencia médica, por la pérdida de la pareja porque la crisis se llevó el amor que se sentían o hizo marcharse a seres queridos o impidió poder marcharse de la realidad que les causa tanta angustia, rabia y miedo. Estas son algunas de las experiencias emocionales que nos destruyen.
Por lo extendido, por lo profundo y quizá por su difícil reparación, el daño emocional sufrido por nosotros quizá no sea comparable al daño social, político o económico que se ha causado a Venezuela. Lo dañado es nuestra autoestima, nuestras señas de identidad y de pertenencia. Cuesta sentirse bien, reconciliado con la vida y con las gentes. Ser vecinos o familia ya no basta para sentir al otro como prójimo y eso contribuye a la ruptura de los sentimientos de solidaridad. No es que no los haya, porque los hay ante el preso, el caído en indigencia, al aquejado por una dolencia, pero estas expresiones coexisten cada vez más con comportamientos propios del sálvese quien pueda que nos hace insensibles ante el dolor ajeno, nos convierte en oportunistas prestos a rapiñar sobre los despojos del caído o en aprovechadores de la ocasión para una viveza que antes no habríamos hecho. Sin duda hay un nuevo venezolano, pero en mucho es bastante distinto de lo que quisiéramos ser individual y colectivamente.
No es solo que ya no compartimos todos los mismos símbolos cotidianos, es que el rojo para muchos es un color detestable; el nombre de Bolívar evoca sentimientos mezclados, para los que tenemos más edad este país así como está nos cuesta reconocerlo como el nuestro, muchos sentimos que somos extranjeros en este suelo.
Tenemos una narrativa del dolor cuyas palabras nos ahogan a todos. La curación comienza con un renombrar las cosas y asumir que en vez de esperanza por un futuro mejor, más nos sirve movilizarnos en su procura. Solo así dejaremos de sentirnos victimas y querer ser verdugos.
Claro que este cambio es tan difícil como la situación que vivimos, pero hace la diferencia entre la posibilidad de terminar por ser destruidos y la reconstrucción de nosotros mismos y nuestro tejido social, entre el reencuentro con nosotros mismos y con nuestros seres queridos. Entre aprender a perdonar y ser indiferentes o permisivos con el crimen, a diferenciar entre los verdaderos culpables y entre quienes fueron nada más que compañeros de padecimientos y ahora compañeros del cambio deseado. Parte de la transformación es aprender a no esperar milagros sino más bien hacerlos y que éstos suelen ser productos de la acumulación de pequeños cambios progresivos.
Somos nuestros sentimientos. El dolor es una experiencia inevitable para todos, pero el sufrimiento es una elección y optar sentimentalmente por la vida en lugar de la muerte es resolver el dilema entre la libertad y la necesidad.
En mi equipaje he optado por incluir: no hablar mal públicamente ni pelear con opositor alguno, en todo caso discutir las acciones más que los actores, enfocar las soluciones antes que las quejas. Cambiar cada día aunque sea una pizca de mi situación actual, cualquier mejora personal para mi familia o mi entorno es ya una contribución al cambio. Puede que con esto no sea feliz, pero sin duda me sentiré razonablemente satisfecho.

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