Pedro Pablo Fernández

Mandela luchó contra un régimen en el que una minoría blanca de 20% sometía a la esclavitud al 80% de la población negra.

En Suráfrica el 87% del territorio de país reservado a los blancos. Las mejores urbanizaciones, playas, hospitales, escuelas, parques eran “solo para blancos”. Las áreas asignadas a los negros no tenían electricidad o agua, las escuelas eran de mala calidad y los hospitales insalubres. Los negros no podían votar ni ocupar posiciones en el Gobierno. La oposición en Sudáfrica (Los negros) llegaban a las playas y se encontraban con letreros que decían: “Se prohíbe la presencia de negros y animales en esta playa”.

La extrema derecha blanca hizo una alianza con un líder negro, Buthelezi y le cedieron un territorio rural para que él gobernara según principios tribales. A cambio, Buthelezi inició una guerra contra los partidarios de Mandela con armas, estrategia y organización proporcionada por los servicios de inteligencia militar. Este grupo se dedicó a asesinar a los partidarios de Mandela y a exhibir las cabezas, manos y pies mutilados de sus víctimas. La idea de los líderes del Apartheid era presentar a los negros como salvajes, incapaces de gobernarse por sí mismos. Difícil imaginar un régimen más criminal y truculento.

En 1974 el Gobierno emitió una ley que obligaba el uso del idioma afrikáans en las escuelas de niños negros, idioma de la minoría blanca y símbolo de la opresión del Apartheid. El 16 de junio de 1976 los estudiantes organizaron una marcha de protesta. 566 niños murieron asesinados a consecuencia de los disparos de la policía. 566 niños muertos en un solo viaje.

En junio de 1964, Mandela y otros siete disidentes políticos fueron condenados por traición y sentenciados a cadena perpetua. Al oír la sentencia dijo:

“He luchado contra la dominación de los blancos y contra la dominación de los negros. He deseado una sociedad libre en que todas las personas vivan en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal con el cual quiero vivir. Pero si es necesario, es un ideal por el cual estoy dispuesto a morir”.

El Régimen del Apartheid inició conversaciones secretas con Mandela. Los nuevos líderes del CNA, jóvenes a los que Mandela no podía conocer por haber estado 27 años preso, lo fueron a visitar. En la visita les comunicó que había entrado en conversaciones con el régimen e inmediatamente lo acusaron de cobarde y traidor.

Para Mandela, la lucha pacífica no era una cuestión moral, no se trataba de poner la otra mejilla. La lucha pacífica era una estrategia basada en la convicción de que ninguno de los dos podía vencer al otro. Richard Stengel, escritor detrás de su autobiografía, sostiene: “Mandela fue el más pragmático de los idealistas. Si hubiera considerado que el camino más efectivo para acabar con el apartheid era la violencia, no habría dudado en tomarlo”.

En 1990 el gobierno de Klerk liberó a Mandela y legalizó al CNA y estos declararon una tregua a la violencia.

De Klerk llegó al poder en 1989 con la convicción de que había que buscar un acuerdo con el CNA porque, a pesar del poder de fuerza que tenían, era imposible someter al 80% de la población.

Quisiera citar algunas cosas dichas por De Klerk en una reciente declaración para contextualizar el momento:

“La postura oficial ante la opinión publica era que no negociábamos con terroristas. Las conversaciones se llevaron en secreto. Una vez que obtuve el respaldo en la cúpula de mi partido, les encomendé la tarea de convencer al segundo nivel de jerarquía, persuadirlos de que era necesario un cambio fundamental si queríamos evitar una catástrofe y de que había que llevarlo a cabo porque era lo correcto.

En 1993, en medio de unas negociaciones difíciles, Chris Hani, el líder más popular del NCA, fue asesinado por derechistas blancos que buscaban romper las negociaciones. Mientras esperaban la reacción de Mandela, De Klerk y el gobierno temieron lo peor. Mandela en ese momento tenía la gasolina y el fosforo para encender Sudáfrica.

Mandela convocó a la gente para hablarles. Cuando llegó al atril había un papel que decía: “Nada de paz. No nos hable de paz. Ya hemos tenido bastante, señor Mandela. Denos armas, no paz”.

Mandela estaba claro que aquella inmensidad de partidarios que tenía enfrente se sentía interpretada en aquella nota, pero sabía que si se desataba la violencia todo se perdería.

Aquel hombre, que había pasado 27 años de su vida preso, aislado de su familia, que había tenido que hacer sus necesidades en un pequeño tobo que podía lavar una vez al día, que terminó casi ciego tallando piedra caliza bajo el sol día tras día, aquel hombre al que le habían negado asistir al funeral de su madre y de su hijo mayor, aquel al que le habían negado justicia una y otra vez, habló una vez más de perdón. Terminó su discurso diciendo: “Ustedes me escogieron su líder, déjenme liderar”.

La negociación en Sudáfrica parecía imposible.

Thabo Mbeki, el líder más importante del CNA, después de Mandela dijo recientemente:

“Habían abusado del poder por mucho tiempo y habían cometido demasiados crímenes. Reconocimos que tenían un profundo miedo de que con la llegada de la democracia nosotros les hiciéramos lo mismo. Al ponernos en su lugar, entendimos que nosotros habríamos sentido el mismo miedo. La única manera de abordar el problema era reconocer que debía haber democracia, pero que esta no implicaba para ellos una renuncia total al poder. Independientemente del resultado de las elecciones, permanecerían en el gobierno. Así pues, propusimos un gobierno de Unidad Nacional”.

“Nuestra propuesta era dejar en manos de una Asamblea Constituyente electa la redacción de una nueva constitución. Pero nosotros no habíamos derrotado al PN, ni ellos a nosotros; sin embargo con nuestra propuesta estábamos tratando de imponernos sobre la otra parte como si ya fuéramos vencedores. Nosotros decíamos: “Convoquen elecciones, demuestren que son demócratas”. Pero en la práctica, nos habríamos arrogado en exclusiva el poder para decidir la Constitución de Suráfrica y eso no era conveniente, ni posible. No se puede redactar una Constitución en función de las mayorías y las minorías. Los grupos minoritarios tienen que sentirse interpretados en la Constitución”.

Finalmente, en las negociaciones acordaron 34 principios que debían respetarse en la nueva constitución. La constitución la aprobaría el nuevo congreso electo democráticamente (mayoría negra), pero el texto tendría que pasar por el Tribunal Constitucional (mayoría blanca) para determinar si las disposiciones eran acordes con los principios constitucionales consensuados previamente.

En la Constitución se aprobó que un partido que quedara segundo, pero sacará mas del 20% en las elecciones le correspondería el vicepresidente y que por cada 5% tendrían un miembro en el gabinete (órgano de gobierno). Con esa fórmula De Klerk fue vicepresidente y entró una representación importante de blancos en el gobierno.

La fórmula constitucional terminó haciendo posible la conformación de un gobierno de Unidad Nacional.

Mbeki: “En Sudáfrica ninguno de los bandos derroto al otro, ninguno pudo imponer la justicia del vencedor. Sin embargo, el problema de la justicia seguía vigente y no podía ser ignorado. Queríamos justicia pero queríamos privilegiar la reconciliación y el perdón”.

“El CNA podía haber llevado a juicio a De Klerk y a otros por haber cometido crímenes. Pero esas personas representaban a toda una comunidad que se habría sentido excluida de la nueva democracia al vernos encarcelar a sus líderes. No podíamos declarar nuestro deseo de que la minoría blanca se sumara a nuestra causa para instaurar una democracia y al mismo tiempo detenerlos”.

“Y desde el punto de vista pragmático era muy difícil. Las fuerzas de defensa de Sudáfrica las dirigían generales blancos designados por el régimen del Apartheid”.

Frederik De Klerk fue protagonista en un régimen criminal, pero tiene el gran mérito de haberse dado cuenta de la necesidad de facilitar el cambio. Estaba claro que sostener el Apartheid iba a ser muy costoso para los blancos, pero pudo haberse aferrado al poder como lo hizo la minoría blanca en Zimbabue, donde el conflicto se resolvió con una guerra civil sangrienta, que terminó, como siempre terminan estas cosas, en una negociación, pero en ese caso sobre el cadáver de un montón de víctimas inocentes.

Años después De Klerk reflexiona sobre la transición:

“EL mejor punto de partida para la resolución de un conflicto es que sus partes principales adquieran conciencia de que la perpetuación del conflicto solo puede acarrear la devastación del país y de que no existe una esperanza real de ganar la guerra”.

La amenaza más grave a las negociaciones la representó el General Vjoen, mítico héroe de los Afrikans, que montó un movimiento terrorista con intención de sabotear cualquier acuerdo que reconociera a los negros como ciudadanos de Sudáfrica. El símbolo del movimiento era la esvástica Nazi.

Mandela logró que el General lo recibiera. La conversación la empezó hablándole en su idioma, le habló de literatura y de poesía afrikaner. Después de recitarle un poema de memoria le dijo: “Yo aprendí su idioma en la cárcel porque ustedes eran mis enemigos y yo quería conocerlos bien para tener esa ventaja en mi objetivo de destruirlos. Después de conocer su literatura y después de leer este poema me convencí de que ustedes no eran malos. Nadie puede escribir un poema así si no tiene bondad en su corazón”.

Después de la entrevista el General abandonó sus planes terroristas y terminó colaborando con la transición en Sudáfrica.

En la última entrevista que le hicieron al General dijo: “Mandela hacia mejores a todos los que entrabamos en contacto con él. Sacó de cada uno de nosotros su mejor versión”. Es imposible imaginar un elogio mejor que ese.

A los 91 años Mandela concedió su última entrevista:

“Mi gente decía que era un cobarde por tender la mano a los afrikáner. No les dije nada. Yo sabía que tenía razón. Sabía que ese era el camino hacia la paz. Al cabo de algún tiempo lo comprendieron. Han visto los resultados. Vivimos en paz”.

Mandela reivindica a la Política presentándonos su mejor versión.

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