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De Caracas a Bogotá

Escribo estas líneas mientras vuelo sobre la cordillera de los Andes. Es un día claro que deja ver montañas imponentes con brillantes manchones de nieve.

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Luis Eduardo Martínez, exgobernador de Monagas.

Escribo estas líneas mientras vuelo sobre la cordillera de los Andes. Es un día claro que deja ver montañas imponentes con brillantes manchones de nieve. En poco aterrizaré en Bogotá tras recorrer poco más de mil kilómetros desde Maiquetía.

Dejo atrás un país devastado por una guerra no declarada. Para 1945, tras la aplastante derrota de la Alemania Nazi, el PIB germano había caído 19,3 % mientras que el del Japón, barridas Hiroshima y Nagasaki por la bomba atómica, 49,6 %;  según el FMI en los últimos 5 años la caída acumulada del PIB de Venezuela alcanza 50 %.

En el edificio del este caraqueño, reducto otrora de sectores privilegiados, donde pasé la noche no hubo electricidad desde la tarde lo cual no significa mucho para quienes hace poco pasamos más de 120 horas continuas sin servicio y soportamos a diario largas interrupciones. No había por tanto agua corriente de tal manera que me medio lavé con el agua que previsivamente almaceno y afeité con la luz del móvil que no habiendo señal telefónica por lo menos para linterna sirvió. El taxista que me llevó, atravesando una ciudad a oscuras, no paró de quejarse por los precios y del gobierno  mientras me confesaba que era su primera carrera del fin de semana porque “ya nadie se monta en taxi”. El aeropuerto lucia desolado en la madrugada y sobre el piso de Cruz Diez, que han atravesado tantos al partir, medio centenar cruzamos atemorizados por las historias de robos e incluso algún asesinato dentro de sus instalaciones. Los aires acondicionados inservibles, nadie recuerda desde cuándo, y solo una pequeña cafetería abierta pero sin café, ni punto de venta: “solo maltas tengo y en efectivo” masculla una vendedora a salario mínimo de 7 dólares al mes. Pasada inmigración contemplo la pista sin movimiento alguno y vacíos los puentes de embarque salvo el que conecta con el 737 en el que viajaré. Son pocos los aviones y también los destinos desde el principal aeropuerto del país y es risible el que algún burócrata le eche la culpa a las sanciones de Mr. Trump.

Con todo, solo son incomodidades las que paso para en hora y media arribar a El Dorado; nada que ver con el drama que enfrentan decenas de miles de mis compatriotas que huyendo del hambre, la inseguridad, la miseria, la falta de  oportunidades, unos en bus otros a pie, transitan Colombia por días, a veces semanas, en procura de un lugar en el cual comenzar de nuevo.

A la altura que viajo, no puedo verlos, pero me duele imaginar allá abajo a hombres y mujeres, a ancianos y niños, tiritando de frio, destrozados los pies, con unos pocos pesos en el bolsillo y los recuerdos a cuestas, andando caminos. San Félix, Maturín, Petare, Barquisimeto son hitos superados y al pasar las trochas de la frontera se jugaron la vida para llegar a Cúcuta y seguir entonces. No ubico tampoco el Páramo de Berlín de ya infaustos relatos de desfallecimientos e  incluso muertes de compatriotas que solo sueñan con un mañana mejor. Según ACNUR unos 3,4 millones se han marchado de Venezuela,  la gran mayoría haciendo esa ruta y hasta más allá, a Ecuador, Perú, Chile. Lo dramático es que en breve pueden ser muchos más: Consultores 21 en reporte reciente advierte que el 38 % de los venezolanos quiere irse, una hipotética emigración de más de 10 millones de personas que desequilibraría a todo el continente.

No es la primera vez que venezolanos cruzan la cordillera. En 1819, desde el rio Apure, Simón Bolívar partió a lo que en la escuela conocimos como “el Paso de los Andes”. Los tatarabuelos de nuestros abuelos, desnudos, descalzos, recorrieron el llano inundado para trepar el Páramo de Pisba. Los sobrevivientes se batieron encarnizadamente en Paya, Socha, Pantano de Vargas y Boyacá contra poderosos ejércitos españoles a quienes hicieron morder el polvo, liberando así a Nueva Granada y entrando luego triunfantes a Bogotá.

Ojalá que el pueblo colombiano, cuyo destino ha sido bastante mejor que el nuestro, recuerde en los caminantes venezolanos que hoy cruzan y en tanto se asientan en esa tierra hermana, a aquellos que un día marcharon por similares senderos para, aun a costa de sus vidas,  liberarlos y hacerlos nación.

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