El régimen cubano conmemora los 60 años del triunfo de Fidel Castro contra el presidente Fulgencio Batista, hecho acaecido el 1 de enero de 1959.

En el siglo XX acontecieron heterogéneas revoluciones y de ellas tres fueron las más subrayadas: las de Stalin, Mao y Castro, poseyendo cada una su propia envoltura al convertir en carcoma el recuerdo de todo tiempo anterior.

La figura de Fidel ha marcado los movimientos revolucionarios de la izquierda latinoamericana, y más acerbamente a la de Venezuela de hoy que se siente heredera del castrismo.

Después de estar 47 años al frente del régimen levantado a su imagen y semejanza, Castro dejó el Palacio de la Revolución a su hermano Raúl en 2006, aquejado de mala salud. Durante ese tiempo hasta su muerte, seguía siendo el guía, el Gran Tótem de la isla que se muerde la cola como un cocodrilo.

“Dentro de la Revolución todo, fuera de ella nada”. Y así fue y sigue siendo. Sus estudiosos reconocieron en ese hombre, descendiente de un padre gallego y rasgos excepcionales, la forma de cautivar a millones de personas. No faltaron duras contradicciones en su camino político, y una de ellas escapar de la tutela de Estados Unidos para caer en la de la Rusia comunista hasta la llegada de la Perestroika.

Apuntaló frases que pasaron a la historia entre una gran mitomanía y cierta envoltura de prepotencia digna de recordar:

– “La Historia me absolverá” (octubre de 1953, en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada).

– “Ni los muertos pueden descansar en un país oprimido” (1958).

– “No he sido nunca ni soy comunista. Si lo fuese, tendría valor suficiente para proclamarlo” (mayo de 1958).

– “Nunca ha hablado el Movimiento 26 de Julio de socializar o nacionalizar la industria. Ese es sencillamente un temor estúpido hacia nuestra revolución” (mayo de 1958).

– “La dictadura debe ser sustituida por un gobierno provisional de carácter enteramente civil que normalice el país y celebre elecciones generales en un plazo no mayor de un año” (mayo de 1958).

– “El poder no me interesa. Después de la victoria quiero regresar a mi pueblo y continuar mi carrera como abogado” (1958).

En Caracas, Hugo Chávez se convirtió en un incondicional de Fidel y siguió sus pasos con las mismas falaces palabras. Durante el intento de golpe de Estado del 11 de abril de 2002, Castro impidió la inmolación del que sería su pupilo más necesario que, una vez en Miraflores, facilitó cada gota de petróleo que había dejado de enviar Moscú.

La dignidad es una esencia del ser humano, pero en Cuba ese factor, que en otro país significaría actuar bajo el libre albedrío, no sólo es imposible sino prohibitivo.

En La Habana, y en el resto de las ciudades y pueblecitos de Cuba, desde Guanahacabibes hasta más allá de Sierra Maestra, la dignidad se envuelve en la cantaleta “Patria… o muerte”, algo que los antiguos descendientes de los mambises señalan que es pura redundancia.

Antonio Maceo -héroe de isla- señalaba: “La libertad no se pide, se conquista a golpe de machete”. Hoy, ese valor está hecho añicos serpenteado sobre un amago de conformismo que se volvió rutina envuelta en ofuscado hábito. Ningún cubano cuenta con los derechos que cualquier turista de ton y son goza mientras se tuesta en las playas de Varadero.

La isla no es un ramalazo, es la costumbre misma convertida en malaventura, pan rancio y el ron con sabor agridulce.

Nicolás Guillén, el bembón de piel carbonífera, versos marcados en compases de sóngoro y hablando “inglé”, lo marcó con savia de palmera carbonizada: “¡Ay, Cuba, si te dijera, yo que te conozco tanto bajo tu risa ligera!”.

Eso de la risotada abierta y espontánea, es una verdad a borbotones. El pueblo cubano sigue siendo la alegría desprendida recorriendo a raudales los conductos de sus venas antillanas que brotan en un territorio de 111.111 kilómetros cuadrados, sumando las islas.

Hace 60 años, cuando Fidel entró en la ciudad de las amplias avenidas, palacios renacentistas del “art nouveau” europeo y una selva de columnas “en la que todos los estilos aparecen representados, conjugados o mestizados hasta el infinito”, en palabras de Alejo Carpentier, la metrópoli habanera se terminó cristalizando en una litografía alicaída y anticuada, reflejo de la más lúgubre expresión del colectivismo comunista.

La Habana es una urbe convertida en momia bajo la mirada quejumbrosa del Faro erguido en el Morro. Su gente canturrea, susurra y sigue las predicciones jamás cumplidas de sus babalaos a las puertas de las desvencijadas viviendas pintadas de engañosos colores, con la misma impavidez que sale con una bolsa de plástico a buscar alimentos en esas calles del dios marxista, que oprime todo anhelo cuando grita hasta el estruendo: “Patria, socialismo o muerte”.

Y esa revolución que nos parecía distante, ha tenido fatídicas consecuencias sobre Venezuela.

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