Por la misma aversión natural que me produce el poder arbitrario, soy contrario a tomar la justicia por la propia mano. Creo en el Estado Democrático y Social de Derecho. La Constitución de 1999 le agregó “y de Justicia”, lo cual puede interpretarse, por estar el concepto ligado a la dignidad de la persona y sus fueros, como Estado Democrático de los Derechos Humanos, en línea con el profesor Meier Echeverría.

Así que mi primera reacción ante la posibilidad de un atentado contra la persona de un Jefe del Estado cuya legitimidad en el ejercicio del cargo cuestiono en razón de las sórdidas maniobras urdidas contra la Constitución, tiene que ser de repudio. Y punto.

Dicho lo cual tampoco puedo negar, por un compromiso republicano que me obliga con la verdad, que he pensado que lo del presunto atentado es posible y que no tenemos en la Venezuela actual maneras de saberlo a ciencia cierta. Y ambos pensamientos me preocupan sinceramente.

El poder ha ido cerrando las posibilidades que da la Constitución para resolver la crisis pacíficamente. Impidió el referendo revocatorio, vetó la modificación constitucional, impidió el funcionamiento de un Tribunal Supremo independiente y enerva primero y después niega absolutamente que la Asamblea Nacional cumpla sus funciones. Para colmo, suspende de facto la vigencia constitucional mediante la ANC rechazada por el país y buena parte del mundo. Y con partidos y líderes imposibilitados de competir, convocó un proceso electoral con participación minoritaria cuyos resultados fueron desconocidos por el principal contendor de la reelección presidencial. Súmese a esto la militarización de la política y la politización de la Fuerza Armada y verá una combinación explosiva en una sociedad abrumada por la crisis económica y social y la ausencia de respuestas políticas. Gravísimo.

Algo de tanta envergadura como un presunto atentado, no puede ventilarse con la ligereza con que el difunto Presidente nos lanzaba noticias similares que nunca se investigaban y simplemente se desvanecían en el tiempo. Porque Maduro no es Chávez y hablando en criollo, la masa no está para bollos.

La credibilidad del poder es bajísima. Fiscalía y Tribunales carecen de la imparcialidad más elemental. Deteriorado el profesionalismo policial, la mayor parte de la ciudadanía no confía. Los medios de comunicación restringidos en su libertad.

Ahora es cuando se nota cuanta falta nos hacen la Constitución y la verdad.

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