Un amigo sacerdote me contó que el origen de los carnavales se remonta cinco mil años atrás, a los  antiguos Saturnales, pero que paradójicamente fue la expansión del cristianismo lo que más les popularizó. Previas a la cuaresma -explicó- que comienza el miércoles de ceniza y termina el jueves santo, se hizo costumbre estas fiestas que relajaban costumbres y bajo los disfraces toleraban excesos. Un compañero que oía la conversación interrumpió para acotar: “Padre entonces los carnavales son para  prepararnos para la preparación de la Semana Santa; pecamos y después nos arrepentimos”.  Con voz resignada el sacerdote respondió: “Bueno hijo, si así lo entiendes tú”.

Hay carnavales de carnavales: los de Río de Janeiro en Brasil, Venecia y Viareggio en Italia, Tenerife y Cádiz en España y el de Mardi Gras en Nueva Orleans son de los más famosos del mundo. Centenares de miles se congregan en desfiles y espectáculos marcados por el derroche, el lujo y la sensualidad.

En la Venezuela de mis padres, se hicieron famosos los carnavales turísticos de Carúpano; aún tengo fresco una ocasión en que junto a mis hermanos nos arrastraron hasta esta pintoresca población sucrense  donde nos asombramos  con la multiplicación de “negritas” que proclamaban con picardía, algunas con voz aflautada, “a que no me conoces”.

En el Maturín de aquellos años, reinaban los templetes y el juego con agua, también las comparsas y las carrozas.  En la década de los sesenta, los desfiles se hacían desde la Plaza El Indio hasta Juana La Avanzadora. Ya en los noventa, primero Guillermo Call y luego yo, Gobernadores, con el apoyo de muchos, nos empeñamos en convertir a los carnavales de Maturín en los mejores de Venezuela y según reseñas de esos años logramos que fuese así. Decenas de miles visitaban para esas fechas Monagasynuestra avenida Bolívar, desde la Plaza Piar hasta El Guacharin, se convertía en una explosión de creatividad y sano disfrute.

Eran otros tiempos.

Hoy en medio de la más dramática crisis que ha padecido Venezuela en toda su historia como república es una grosería el empeño de la burocracia oficialista en una celebración que nada tiene que ver con el actual estado de cosas. Mientras millones hacen maromas para estirar la quincena, pasan hambre, padecen por la falta de medicamentos y son tantos los que lloran sus muertos víctimas de la inseguridad y algunos de mengua, luce de sinvergüenzas el ofrecer circo cuando la gente lo que necesita es pan y si hay dudas basta con observar la escuálida asistencia a los eventos de estas pseudo fiestas carnestolendas para comprobar el rechazo del común.

Hay que ver como el poder absoluto entre muchos males ha ocasionado la pérdida de toda sensibilidad de quienes nos gobiernan lo que hace todavía mayor la tragedia que azota a los venezolanos.

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