REGIONALES

11/01/2017 - 07:19 pm
Fuente Noticia: Kaira El Yanhari @kshalimar Fotos: Carlos Álvarez Visitas | 588

Girmo Subero nació en los montes del estado Sucre, tiene 84 años y vive “donde lo agarre la noche”. Ese lugar, desde hace un tiempo, es el Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar (Humnt) de Maturín.

En los lánguidos pasillos, se escucha el repiqueteo de su bastón improvisado. Arrastra un tambor de pintura, blanco, de tapa azul. Allí se sienta, encorvado, con una desvencijada guitarra en sus brazos y un envase beige sucio atado al cayado.

“Soy artista”, dice, quién sabe si desvariando. “Soy artista, y no cualquiera. Yo estudié en México, triunfé en las peñas tangueras y una vez me ganó Simón Díaz, con La vaca mariposa”, repite sosteniendo con escasa fuerza a su fiel acompañante de curvas y cuerdas.

Gracias al glaucoma crónico, su mundo es una mezcla de colores y formas difuminadas. Pero no le falla la memoria: sus pies aún pisan con cuidado y sus manos reconocen cada astilla del destartalado instrumento que abraza con recelo.

Mientras tanto, en su cabeza, recuerda con extraña lucidez como reinó en las noches de San Félix, estado Bolívar. Artista y buen amante, sonríe al evocarse entre mujeres públicas de al menos tres bares: Black Hole, Cumaco y El comienzo del Castillo.

Sin embargo, su rostro ensombrece al recordar cómo terminó en las calles de Maturín. “Toda mi familia me salió mala, son una horda de drogadictos”, exclama ofendido. “Yo soy honesto, toco para vivir. Pido limosnas a cambio de una canción”.

Poco después de establecerse en el Humnt, una enfermera que él describe como “chiquita y avispaísima” comenzó a prestarle ayuda. “Camucha es buena, me permite ducharme y está pendiente de mi. La buena camucha, siempre buscando algo de comida para darme”, relata.

Actualmente, el único anhelo de Girmo es vivir en un ancianato. “Aquí me voy a morir de hambre, solo quiero un hogar”, dice extendiendo su mano, aferrándose a esa idea con inesperada cordura. Unas semanas atrás, fue examinado por el director del hospital para su ingreso a un Geriátrico, pero los trámites quedaron a medias: las unidades existentes en Monagas, están sobresaturadas.

Cuando se desvanece la luz del día y el áspero frío le roba las fuerzas, el silencio le confirma que está solo. Así, hasta el otro día, en que volverá el rugido de su estómago y extenderá, una vez más, su mano por un pedazo de pan.

Foto: Carlos Alvarez
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